La generosidad

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La generosidad es la actitud de una persona que la lleva a ser útil y caritativa con los demás. Una persona generosa es noble, desprendida y sabe compartir. Los niños cuando son pequeños son egoístas y buscan siempre el beneficio propio, por eso les cuesta compartir y entender que no todo es suyo. Padres y maestros deben educar a los niños en este valor. Pero, no solo los niños son egoístas nuestra sociedad consumista nos arrastra al egocentrismo a los adultos también. Lo contrario a la generosidad es la avaricia.

Siendo generosos nos parecemos a Jesus: “Ya conocen la generosidad de nuestro Señor Jesucristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros, a fin de enriquecernos con su pobreza”. Segunda Carta a los Corintios8,9 y somos más felices ”La felicidad está más en dar que en recibir”. Hechos de los Apóstoles 20,35 Cuando tu das le estás dando a Dios, porque cuando das se te devuelve “una medida agradable, remecida y abundante”. Lucas 6, 38

¿Cómo enseñar a los niños el valor de la generosidad?

1) Con el ejemplo. Los padres y maestros deben ser modelos de generosidad dispuestos a repartir un dulce, dar ayuda, atendiendo las necesidades de los hijos y ayudando a personas necesitadas fuera del hogar. También siendo generosos en dedicarles tiempo y escucharlos.

2) Enseñarles que hay cosas que son de todos en la casa la televisión, los muebles, la comida, las sillas y otras que son personales como la ropa, la cama, etc.

3) Contarles cuentos que desarrollen el tema de la generosidad.

4) Jugando juegos de mesa, en que tienen que esperar turnos, ponerse en el lugar del otro, aceptar que otros ganen, etc.

5) Felicitando sus esfuerzos cuando comparten con hermanitos o amigos.

Para finalizar un pequeño cuento para reflexionar:

Cuenta Tagore la historia de un mendigo que iba de puerta en puerta y un día vio aparecer a lo lejos del camino, acercándose, la carroza de un Rey… “Y yo me preguntaba, maravillado, quién sería aquel Rey de reyes. Mis esperanzas volaron hasta el cielo, y pensé que mis días malos habían acabado. La carroza se paró a mi lado. Me miraste y bajaste sonriendo. Sentí que la felicidad de la vida me había llegado al fin. Y de pronto tú me tendiste tu diestra diciéndome: ¿Puedes darme alguna cosa? ¡Ah, qué ocurrencia la de tu realeza! ¡Pedirle a un mendigo! Yo estaba confuso y no sabía qué hacer. Luego saqué despacio de mi saco un granito de trigo, y te lo di. ¿Quién seria aquel rey de reyes? Pero qué sorpresa la mía cuando, al vaciar por la tarde mi saco en el suelo, encontré un granito de oro en la miseria del montón. ¡Qué amargamente lloré de no haber tenido corazón para darle todo!”

Dar a nuestros hijos el valor de la generosidad es abrirles el camino a una vida de felicidad.